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MICRORRELATOS XIV: Un instante de diferencia.

“A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto y, de pronto, toda nuestra vida se concentra en un solo instante”

El retrato de Dorian Gray – Oscar Wilde

 

 

Es cierto que un instante puede cambiarte la vida.

Cierto.

Y es muy cierto que la vida pasa y respiramos sin permitir que nada se modifique, que nada permute.

Ana lo sabía. Vivía una vida aburrida. De esas vidas que sientes que se te escapa de entre los dedos cuando deseas agarrarla…Una vida llena de responsabilidades y pocas locuras, una vida llena de frustraciones y vacía de emociones.

Y se odiaba cuando sabía que esa era su vida. No la de cualquier otro, no. La suya.

Se veía absorbida por la vorágine de la casa, el colegio de los niños, los viajes de su marido, los hobbies de él, las actividades extraescolares, la familia…En su vida todo tenía cabida, menos ella. Ni ella misma se sentía. Se había olvidado de vivir. Se había olvidado de ser.

Y entre buscarse y conocerse…apareció él.

Con tantas ganas de sentirse como ella. Con tantas ganas de despertar como ella.

Con relaciones a sus espaldas que mermaban sus esencias, que les hacía parecer pequeños, cuando en realidad ambos eran inmensos e inagotables.

Se encontraron en medio de millones de personas.

Se encontraron, porque las casualidades sobran cuando todo lo que sucede son “causalidades”. Y ellos debían ser una causa; acción-reacción….cuentan ellos.

Todo encajó aquél día. Ya se habían conocido de antes, aunque no lo supieran. Se observaban. Se perseguían. Se buscaban…en lugares que ellos plasmaban. Que regalaban a otros espectadores.

Y ese instante sucedió.

Llegó esa sensación de “necesidad” de hablar, de contarse cosas, de olvidarse de lo que sucedía alrededor y centrarse en cada uno de ellos, de inventarse de nuevo, de saciarse,…

Buscarse en la distancia. Besarse con imágenes. Tocarse con los versos. Pensarse con las propias manos. Crear un lenguaje propio.

Y a diario…despertar. Y ser otros en su misma piel.

Y hacer que dos vidas se concentren en un sólo y nuevo instante, aunque hubieran estado años durmiendo una vida que sentían que les pertenecía.

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MICRORRELATO XIII: Él y sus vacíos.

       “Si quieres sentirte lleno tendrías que empezar por nadar en tus vacíos “

                                                                                                        Vanesa Monserrat

Cuando todo lo creía perdido, después de haber nadado en sus miserias y no encontrar salida a un túnel infinito de infelicidad, descubrió la manera de arrojar luz a su propia vida, robando destellos a los demás.

Lanzó una red donde cabían todas las mujeres inteligentes, creativas, llenas de vida y de luz. Supo que ellas le darían todo lo que él no tenía. Supo que necesitaba de cada una de ellas.

Y en vez de llenar su vida comenzando a nadar en sus vacíos para restaurar, para entender, para sanar aquello que echaba de menos, que era sentir el amor,  se enterró aún más apoderándose del amor de aquellas mujeres enteras, fuertes, brillantes, preciosas…Con tanta belleza que él se sentía minúsculo, superado,…cada vez más pequeño. Cada vez más hundido en un extraño círculo que era incapaz de romper. Incapaz de fragmentar.

Y el círculo vicioso en el que se vio sumergido con sus propios vacíos…se lo tragaron a él por entero.

MICRORRELATOS XII: Quédate.

Algunas veces todo depende de ese quédate que se nos queda atascado en la garganta #34 Cuando abras el paracaídas. Defreds.

 

-Quédate. Y al decirlo, se me trabó la saliva en la boca. Nunca me había costado tanto pedir algo tan simple.

Se giró a mirarme por encima del hombro. No había ninguna expresión en su rostro que me hiciera adivinar qué pudiera estar pensando.

Se acercó poco a poco. Me dio un beso lánguido. Me abrazó fuertemente, como si toda su esencia tuviera que respirarla en aquel mismo instante. Toda de golpe. Toda de una vez.

Supe que era una despedida por el sabor de su boca. Por la vehemencia de su tosco abrazo.

Cerró la puerta tras de sí.

Cerré los ojos tras de él.

Cerré la puerta a un nuevo comienzo.

Y aquél fue nuestro último adiós.

Frío. Tan frío como el día de invierno que era.

Tan frío como su paso por mi Vida.

Cuando desperté aquella mañana, supe que había sido un sueño. Yo nunca le hubiera pedido que se quedara a mi lado. Conmigo. No era lo que yo quería…

 

 

MICRORRELATO XI: Dos Vidas.

Son las 22:45 pm.

Todos duermen en casa.

Y en el silencio de la noche, me reencuentro con otra vida. Una que me abre puertas a cosas que ya perdí hace tiempo. Siempre quise negarlo, mirar a otro lado, rehuir de la realidad, pero no ser sincera con una misma es el peor castigo a la que puedes aspirar en una única vida.

Me costó entenderlo. Sólo hay un presente. Sólo hay un Aquí y un Ahora. Sólo hay una Vida y negarla, es perder el aliento de vivirla.

Tengo dos hijas, una de 7 años y otra de 4. Llegué tarde a la maternidad. Y cuando tuve a la mayor, hubiera querido plantarme, pero todos me repetían que era una mala decisión dejarla sola. Y entre la insistencia de la familia y de mi marido, terminé teniendo a Paula. María ya había entrado en mi vida unos años antes. Son dos niñas que hacen que mis días pasen rápido y con una sonrisa. Las quiero con locura, aunque ellas han sido mis mayores maestras; aprender a controlar lo incontrolable, aprender a controlar el monstruo que hay en mi (y que no conocía hasta el día que nació la mayor), aprender a amar sin pedir nada a cambio…Aprender, al fin y al cabo. Aprender de mí.

Mi marido se llama Sergio. Llevamos 15 años juntos. Nos encontramos en verano en una playa trabajando los dos en una misma cafetería. Fuimos buscando horas para conocernos. Para explorarnos. Para crear una historia de amor. Por aquel momento, creímos a pies puntillas que sería sólida.

En aquel momento. En aquellos años. En aquel inicio.

Ahora…quedan rutinas. “Te quieros” lanzados sin darles sentido. Quedan resquicios robados de todo aquello que sentimos. Y estoy segura que a Sergio le pasa lo mismo; nos da miedo sentarnos a decirnos las verdades, a vaciarnos por dentro, a culpar al otro de su infelicidad, a decirnos que esto…ya no marcha más. Y miramos a otro lado, deshacemos caminos y seguimos como podemos hacia delante. Una vida juntos, sin mirarnos a los ojos. Ni cuando hacemos el amor. O lo que sea eso qué hacemos. También lleno de rutinas; las mismas posturas, los mismos besos, los mismos preliminares…y eso, si me toca, porque hasta para eso nos huimos.

Trabajo en una tienda de ropa a media jornada. Estudié una carrera, pero cuando nació la primera, tuve que dejarlo; horarios incompatibles, cansancio, noches insomnes, lloros a todas horas, rabia, impotencia…Pocas ganas de ser madre. Ni persona.

Me he dedicado a las niñas hasta hace 6 meses. Dejé por imposible trabajar de lo mío, en la educación y opté por lo cómodo, cerca de casa, media jornada para dedicarme a ellas y sus vidas: actividades extraescolares, sus duchas, sus deberes… Las mujeres debemos de ser los seres menos egoístas del mundo, hay seres que nos hacen relegar nuestros sueños y necesidades. Ni siquiera sé qué es entrar al aseo sola, a depilarme, a limpiarme los dientes…

Sergio trabaja en un buffet de abogados. Cobra muy bien, pero trabaja mucho. Se desplaza 30 kilómetros todos los días. Se va a las 7 de la mañana y regresa a las 9 de la noche. Con su sueldo no necesitaría trabajar, pero lo hago para salir de estas cuatro paredes que me nublan, que me comen, que no me dejan avanzar en nada.

Y hace 5 meses, lo conocí.

Mis amigas me recomendaron que saliera a tomar con ellas una copa, que me buscara distracciones, que ampliara mis miras con algún curso de reciclaje de lo mío, con algún hobby, alguna plataforma de contactos para chatear con alguien con los mismos gustos y aficciones…Algo con lo que no pensar demasiado en el vacío absoluto de mi vida amorosa.

Y les hice caso.

Lo hice todo: comencé a salir con ellas cada 15 días un sábado. Me apunté a un curso de reciclaje de aptitudes como coordinador de centros de inmigrantes, me apunté a clases de baile y, me inscribí en Meetic.

Allí conocí a Javier.

Tardó un día en contactarme. Era un hombre también casado, con dos hijos, tres años mayor que yo, activo en sus hobbies, un hombre dinámico y lleno de entusiasmo por lo que le rodea. O eso entendí al irlo conociendo.

Trabaja en una empresa de publicidad como creativo de 8 a 3 de la tarde, pasa el tiempo que le resta con sus hijos, ayudándoles con los deberes, llevándolos a sus clases de judo y repaso, escribe en un periódico local cada semana,… Su relación con su mujer, es como la mía con Sergio; está en un punto de fuga que no camina hacia delante, ni hacia atrás. Por miedo.

A día de hoy, aún no le hemos puesto presencia a nuestro idilio virtual, pero no sé si lo necesito.

Me llena de Vida, me hace el amor por teléfono y por chat cada día, me llena de aspiraciones, me hace feliz las 24 horas del día sin necesidad de tenerlo cerca. Ni en mi cama, aunque esa sensación empiezo a echarla en falta…

Tengo dos vidas; la que me da él en horas a escondidas y la que no dejo por miedo a mis hijas.

A Sergio lo sigo queriendo, pero ya no es un amor como antaño, lleno de horas consumidas en buscarnos.

Tengo dos existencias, por así llamarlo, pero cualquier día la Vida me obliga a elegir una. Y, sinceramente, no sé si estoy preparada. Me da miedo renunciar a cualquiera de las dos que ahora tengo.

 

MICRORRELATO X: Fragmentando rutinas.

David no encontraba sentido a su día a día.

Sólo trabajaba. De un trabajo a otro. Responsabilidades y más responsabilidades.

Una mujer y tres hijos para sacar adelante. Rutinas que fragmentar para ser feliz.

Caminaba. Dando pasos sin rumbo fijo.

Buscaba cosas qué hacer, personas a las que ayudar, tareas qué realizar. Y sin darse cuenta, se le escapaba el tiempo. Un tiempo que apremiaba. Un tiempo que necesitaba que fuera para él. Para respirar. Para vivir.

Buscaba.

Y sin saber muy bien qué o por qué, se halló un día escribiendo unas líneas a alguien anónimo. A una persona qué pareció ser afín a él; misma inquietud por las mismas cosas.

Y ella respondió.

De repente, sólo con esas líneas de respuesta fácil y sincera, la rutina se alteró.

Había cada día un momento de fragmentación. Un instante de una nueva realidad. Una realidad paralela a lo que él conocía., a lo que se había acomodado y acostumbrado.

Y le gustaba. Le hacía sentir diferente.

Respiraba a través de sus escritos.

Se comunicaba con las palabras; las que se decían y las que se contenían.

Era un hilo rojo eterno.

Un encuentro extraño. Después de tanto tiempo…

Las palabras. Los silencios. Las voces. Ese buscarse y no encontrarse. Esa sensación de vértigo de haber encontrado un equivalente.

Sentir. Sentir. Sentir.

Caer al vacío. Despertar y percibir que hay ánimas que parecen estar en conexión, aunque no se conozcan, aunque no puedan tocarse a diario…aunque contengan deseos que no se gritan. Que se mesuran. Que se silencian…

Una vida nueva. Sensaciones inéditas. Nuevas visiones.

Una vida que palpar. Ofreciendo tactos, besos, caricias a un papel en blanco cada día.

A ella…desde la distancia. En una extraña lejanía.

MICRORRELATO IX: Sin prisas

Parecían no tener urgencia.

Ambos.

La lentitud en los avances denotaba la consistencia de lo que nacía.

Lento. Parsimonioso.

Como cuando se encontraban, sujetos a un horario definido.

Las horas pasaban rápidas. Sus cuerpos no atendían a las agujas del reloj.

Ella no sólo se dejaba hacer. Ella dirigía los pasos con su mirada…como indicando la dirección de los pasos que él necesitaba dar.

Él avanzaba con la precisión de un relojero. Sabía exactamente qué hacer con su cuerpo. No era de las primeras veces, tampoco de las últimas, pero ya se conocían. Casi perfectamente. Lo que cada uno esperaba. Lo que cada uno deseaba.

A ella le encantaba sentir la respiración agitada de él sobre su cuello, su voz detrás de su cuerpo, pegado, casi siendo uno. Él lo adivinaba…y observaba el surco y los recovecos que se formaban en el camino de sus labios carnosos hasta su escotadura supraesternal….Conocía sus lunares…aquellos que parecían mirarse entre sí en el inicio del pecho…sensuales, como perdidos…Ese era su camino preferido. En el que ambos se deleitaban…Ella ofreciéndose entera. Él dibujando círculos imperfectos sobre su piel con su lengua.

A él le excitaba verla tumbada desnuda boca abajo en la cama.Él decía que tenía un cuerpo imperfecto para tanta perfección de sensaciones que los abrumaba. Ella se dejaba hacer…y él se deleitaba con el tacto de sus yemas recorriendo toda su orografía…alternando el tacto y el sabor. Ella sabía a una mezcla entre vainilla y deseo imposible de resistir.

Su cuerpo era voluptuoso. Agradecido. Pecaminoso.

Ella disfrutaba de cada encuentro. Él sin palabras…cada día sugería más…Sin prisa. Sin urgencia. No importaba hasta dónde pudieran llegar, porque para ellos el fin no era el medio. Su tacto era el fin. Sin darle más importancia al reloj. Lo importante era sentir.

Sentir lo que fuera, pero sentir.

Y salir impregnados de olores. Él de ella, Ella de él.

Olores que recordar. Emociones que sentir.

Y decidir cuándo volver a repetir…aquel incesante mar de agitación y delirio.

Sin prisas. Sin urgencia.

Con sentir.

MICRORRELATO VIII: Reencuentros

No se conocieron por casualidad.

Ni tan siquiera tuvo que ver el destino.

Había un hilo rojo que cruzaba vidas y vidas. Que los había unido. Que los iba a unir, sin que ellos conocieran los motivos. Eran almas destinadas a encontrarse. Sus nombres ya cumplían las expectativas de lo que estaba por llegar. Habían nacido en la misma ciudad, quizás hubieran coincidido en algunos lugares, pero aún no era el momento de encontrarse el uno en la mirada del otro.

Ni tan siquiera, conocer sus nombres. Ni sus lunares. Ni el roce de sus manos. Ni su olor. Ni esas palpitaciones mutuas que los arrastraría a sumergirse en un camino excitante… Pero todo, en este Universo tiene su momento. Un instante idóneo. Un segundo que lo transforma todo.

Si se hubieran conocido en aquella ciudad, no se hubieran encontrado. No se hubieran mirado. No tenía sentido caer en la cuenta de la presencia del otro. Aquellos años no.

Se encontraron buscando palabras. En otro lugar que no era el suyo. El mar los había acogido. A ambos. Habían encontrado qué hacer con sus vidas y naufragaban sin atisbar grandes océanos que descubrir. Se dejaban arrastrar por las mareas que los rodeaban; el trabajo, la familia, los amigos, las aficciones que llenaban sus silencios… Se dejaban ser. Se abandonaban sin ser conscientes.

Se encontraron buscando palabras. Ellos las creaban, las inventaban para compartirlas con desconocidos, para jugar creando espacios inconexos, para no sentirse abatidos. Creaban a diario. Y en ese inventar, descubrieron que había alguien que sentía como él. Que sentía como ella. Qué, inexorablemente, sentían.

Más allá de sus fronteras, más allá de una soledad refugiada en realidades irreales, que no eran suyas, que no sentían como suyas…tropezaron ambos con las líneas apasionadas de ella, con los versos melancólicos de él.

Destaparon sus voces.

Quisieron abrir puertas a otros mundos oníricos…y crearon lazos y puentes, dónde sólo habían sílabas, letras, fantasías y ganas. Muchas ganas.

Las noches insomnes les regaló segundos de gloria. Minutos de miradas fijas en pantallas de smartphones. Encuentros tórridos de palabras que acechaban el deseo mutuo. Sin apenas conocerse. Sin apenas tocarse. Bajo el desconocimiento físico de ese hilo rojo que los unía; que unía dos almas gemelas. Almas perdidas en una inmensidad llena de términos y lenguajes propios.

Sin temores, encontraron el momento único de conocer el color de ojos de él. La voz tenue de ella.

Y en ese encuentro fugaz, descubrieron que había un nudo agrandando sensaciones y empequeñeciendo circunstancias.

El deseo lo colmaba todo. Los vaciaba y los completaba una y otra vez.

Y se sucedieron los encuentros. Los reencuentros de dos cuerpos creados para hallar la luz y las sombras juntos. En décimas de segundo se amaban hasta quedarse exhaustos; emborrachados del otro, saciados de piel, de besos llenos de intención, de caricias interminables, de instintos….todos primitivos, todos irracionales, todos fugitivos. Como ellos, buscándose en cada portal, en cada esquina, en habitaciones de hoteles, ajenos a todo que no fuera ELLOS.

Y se descubrieron desnudos. Abriendo el alma en canal…entregados a un reencuentro que ni ellos entendían. Cegados por un apetito que nunca cesaba. Él de ella. Ella de él.

Y tal y cómo inventaban las palabras que los conectaba, inventaron una dimensión paralela a sus realidades tangibles. Una dimensión donde los cinco sentidos les permitía adentrarse en el mundo del otro hasta el siguiente encuentro mágico, voluptuoso, carnal…

Sólo deseaban amanecer entrelazados con la memoria de sus pieles sensibilizadas de entregarse a la fortuita oportunidad de haberse encontrado…de nuevo. Con nombres. Con palabras. Con ese inconsciente deseo. Eterno.