Y por fin, entender.

Voy a sentarme frente al mar.

Voy a cerrar los ojos para poder imaginar.
Voy a fragmentar los recuerdos mientras lo hago, porque de otra manera no sabría, ni podría estimular todas y cada una de mis emociones adormecidas en cada rincón de mi ínfimo cuerpo que se ha quedado esperando todo este tiempo a que el sonido de las olas lo despierten.
Y es la brisa la que roza mi piel haciéndome sentir como si fueran pequeños y suaves besos que caminan, lentamente, posando esos labios que son los artífices de tan bellas caricias en cada poro que recorren.
El olor a salitre pasea, cual intenso perfume a mi alrededor, haciéndome navegar entre aguas opuestas cuando consigo adherir ese olor a todos aquellos afectos que un día nos inundaron en la oscuridad de alguna noche inagotable, sintiéndonos ajenos a todo lo que nos abrazaba que no fuéramos nosotros y nuestras manos. Nosotros y nuestro tacto. Nosotros y nuestro olor. Nosotros y esas ganas acérrimas de sentirnos como cada noche, como cada intervalo de tiempo que podíamos disfrutarnos sin importarnos dónde o cuánto.
Y al abrir los ojos, con el lento devenir de cuantos sonidos ya comprendía por el transcurso de los momentos compartidos con ese mar, entendí que cualquier lugar podría evocar tu recuerdo, no por los instantes compartidos en aquel escenario, sino más bien por el mero hecho de entender que todo lo que eras se hallaba inyectado en mi sangre, en el flujo de mi vida, incapaz de poder esconderme de ti.

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