Días que no son Días

Noches insomnes.

Sueños deteriorados.

Recuerdos que flotan haciendo daño.

Y tú, tan lejos.

Inalcanzable.

Como siempre.

Como nunca.

Como lo transitas todo.

A pies puntillas.

A ratos, saltando al vacío de mi cuerpo.

A instantes, agarrándote a cuerdas invisibles para no caer en el exceso de las exaltaciones del eros.

Noche insomne la de hoy.

Hoy…día inacabable.

Intenso. Denso.

Y quisiera adelantar las manillas de mi reloj…con urgencia.

Para comenzar.

Para ser yo, de nuevo.

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No soporto la censura

Que nadie me diga qué debo escribir.

O de qué manera.

Que nadie ponga en entredicho mis imágenes…con pecho al descubierto o con pezones latentes.

Con lunares que se miran de frente en el inicio de mis senos y que muestran un camino a seguir en la concavidad donde persiste el aroma de un encuentro.

Envolturas de almas que son templos. Pezones erguidos. De mujeres reales. Bellas. Con latidos intensos.

Que nadie me diga que no te siento en el valle húmedo donde todo resurge y todo acaba. Que no respiro palpitaciones diarias sonoras…que mi cabeza no sabe callar. Ni mi cuerpo.

Que nadie me obligue a mentir sobre mi anhelo de sentirte inmerso en mí, cuando toda mi orografía epidérmica se encoge de oírte palpitar en la lejanía.

No.

Que no me digan nada.

Que yo no sé mentir. Ni quiero. Ni….

Deseo.

Deseo de ti. Ganas todas. Quién seas.

Que no me digan que por ser mujer no puedo enmudecer el calor que de mis vísceras nace. Así, en silencio, con todo el recreo que tu recuerdo se merece…soñando que mis dedos son los tuyos, que mis ganas te pueden más a ti.

Que no me digan que no puedo recitar tus versos calientes cuando sueñas conmigo.

Que no.

Que dejen de condenar mi apetito voraz de tu ausencia en mi cuerpo.

Que no me digan que debo insonorizar un orgasmo perpetrado por mis propias manos, sólo por ser mujer.

Que no.

Que la censura te hace olvidar lo que sientes y cómo lo sientes.

Que no poner nombre a las cosas y a las sensaciones nos hace postergar su recuerdo.

Que no me digan cómo amarte en la distancia…porque si enmudezco mi deseo, habrán aniquilado toda emoción…

Y mis dedos impregnados de tu recuerdo, se habrán deshecho de ti.

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Hoy

Hoy.

Cualquier día.

A todas horas.

Crearía palabras silenciosas para ti.

Para bailarlas a la luz de la luna.

Para mojarlas con la saliva de mis memorias.

Para traerlas al recuerdo cuando la Vida se me rompa.

Hoy.

Ahora.

Desnudaría mi alma y mi cuerpo para permitir que me acariciaras con las yemas de tus dedos.

Para sentir de verdad esa quemazón que se nombra y se silencia.

Para irradiar con nuestros cuerpos la luz que tanto ansiamos.

Hoy.

Y mañana.

Que la necesidad de nuestros labios enmudezcan nuestras palabras.

Para despertarnos en la noche efímera e insomne y devorarnos otra vez.

Con el ansia memorable de las luces del alba al consumir todo lo que tenemos.

Todo cuánto somos.

Todo cuánto poseemos.

MICRORRELATO X: Fragmentando rutinas.

David no encontraba sentido a su día a día.

Sólo trabajaba. De un trabajo a otro. Responsabilidades y más responsabilidades.

Una mujer y tres hijos para sacar adelante. Rutinas que fragmentar para ser feliz.

Caminaba. Dando pasos sin rumbo fijo.

Buscaba cosas qué hacer, personas a las que ayudar, tareas qué realizar. Y sin darse cuenta, se le escapaba el tiempo. Un tiempo que apremiaba. Un tiempo que necesitaba que fuera para él. Para respirar. Para vivir.

Buscaba.

Y sin saber muy bien qué o por qué, se halló un día escribiendo unas líneas a alguien anónimo. A una persona qué pareció ser afín a él; misma inquietud por las mismas cosas.

Y ella respondió.

De repente, sólo con esas líneas de respuesta fácil y sincera, la rutina se alteró.

Había cada día un momento de fragmentación. Un instante de una nueva realidad. Una realidad paralela a lo que él conocía., a lo que se había acomodado y acostumbrado.

Y le gustaba. Le hacía sentir diferente.

Respiraba a través de sus escritos.

Se comunicaba con las palabras; las que se decían y las que se contenían.

Era un hilo rojo eterno.

Un encuentro extraño. Después de tanto tiempo…

Las palabras. Los silencios. Las voces. Ese buscarse y no encontrarse. Esa sensación de vértigo de haber encontrado un equivalente.

Sentir. Sentir. Sentir.

Caer al vacío. Despertar y percibir que hay ánimas que parecen estar en conexión, aunque no se conozcan, aunque no puedan tocarse a diario…aunque contengan deseos que no se gritan. Que se mesuran. Que se silencian…

Una vida nueva. Sensaciones inéditas. Nuevas visiones.

Una vida que palpar. Ofreciendo tactos, besos, caricias a un papel en blanco cada día.

A ella…desde la distancia. En una extraña lejanía.

Estoy. Espero.

A ratos.

En esquinas.

En cajones escondidos.

Pierdo mi sombra.

Y mi luz.

Mira en tu mano…pudiera estar allí, tal vez, un pequeño fragmento de lo que soy.

Cuando ya no sé ni quién soy.

Cuando todo se apaga. Mi sombra. Mi luz.

Mira en tu mano….quizás, quede algo de mi esencia y pueda recomponerme de nuevo.

Y sigo aquí.

Y estoy.

Espero.

 

No es nuevo

Este desasosiego no es nuevo.

Ya lo había transitado en otros tiempos.

Lo recuerdo.

Palpable. Hiriente.

Lo recuerdo.

Sin adornos, ni tampoco palabras.

E intento indagar qué nombre podría disponer para todo lo que significa.

Para todo lo que ha sido, es o será.

No es nuevo.

Pero su forma, su estado y su emplazamiento va modificándose.

Como yo.

Como lo que siento.

No es nuevo…pero sigue en bucle.

En mi vida.

En mi presente.

 

MICRORRELATO IX: Sin prisas

Parecían no tener urgencia.

Ambos.

La lentitud en los avances denotaba la consistencia de lo que nacía.

Lento. Parsimonioso.

Como cuando se encontraban, sujetos a un horario definido.

Las horas pasaban rápidas. Sus cuerpos no atendían a las agujas del reloj.

Ella no sólo se dejaba hacer. Ella dirigía los pasos con su mirada…como indicando la dirección de los pasos que él necesitaba dar.

Él avanzaba con la precisión de un relojero. Sabía exactamente qué hacer con su cuerpo. No era de las primeras veces, tampoco de las últimas, pero ya se conocían. Casi perfectamente. Lo que cada uno esperaba. Lo que cada uno deseaba.

A ella le encantaba sentir la respiración agitada de él sobre su cuello, su voz detrás de su cuerpo, pegado, casi siendo uno. Él lo adivinaba…y observaba el surco y los recovecos que se formaban en el camino de sus labios carnosos hasta su escotadura supraesternal….Conocía sus lunares…aquellos que parecían mirarse entre sí en el inicio del pecho…sensuales, como perdidos…Ese era su camino preferido. En el que ambos se deleitaban…Ella ofreciéndose entera. Él dibujando círculos imperfectos sobre su piel con su lengua.

A él le excitaba verla tumbada desnuda boca abajo en la cama.Él decía que tenía un cuerpo imperfecto para tanta perfección de sensaciones que los abrumaba. Ella se dejaba hacer…y él se deleitaba con el tacto de sus yemas recorriendo toda su orografía…alternando el tacto y el sabor. Ella sabía a una mezcla entre vainilla y deseo imposible de resistir.

Su cuerpo era voluptuoso. Agradecido. Pecaminoso.

Ella disfrutaba de cada encuentro. Él sin palabras…cada día sugería más…Sin prisa. Sin urgencia. No importaba hasta dónde pudieran llegar, porque para ellos el fin no era el medio. Su tacto era el fin. Sin darle más importancia al reloj. Lo importante era sentir.

Sentir lo que fuera, pero sentir.

Y salir impregnados de olores. Él de ella, Ella de él.

Olores que recordar. Emociones que sentir.

Y decidir cuándo volver a repetir…aquel incesante mar de agitación y delirio.

Sin prisas. Sin urgencia.

Con sentir.