Flirteo

Dímelo.

Aquí y ahora.

Rompe las reglas de este juego.

Guíñame un ojo.

Lánzame un beso al aire.

          Obsérvame durante toda la noche.

          Y que me miren tus amigos

           desde el final de la barra

           de este bar.

Deja que la compañía de

mis amigas llegue hasta el final

de la noche.

       Entonces sí.

       Te daré permiso.

Y vendrás hacia mí a preguntarme: ¿me acompañas a la puerta de mi casa?…

    Y te diré que no.

    Cien veces no.

Y de la mano me llevarás hasta ella, sonriendo.

De esa mirada, los escalones se nos harán fugaces.

   Y chocaremos una y mil veces con las paredes, encadenados de nuestras manos y lenguas.

Como si todo se acabara así.

Y al cruzar el umbral de tu puerta, la ropa nos hará daño.

Tanto, que nos despojaremos de ella con la rapidez que nuestras manos nos permitan.

    Y en tu alfombra.

            En tu sillón.

                      En tu cama.

Nos daremos todos los besos y más,

que nos callamos cada uno de los días que

no nos habíamos encontrado.

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Silencios

No recuerdo otros silencios

más inhóspitos que los tuyos.

Dolían.

Dolían tanto que ni me oía

a mi misma.

Sentado.   A mi lado

Callabas.

Callabas.

Callabas.

Callabas sin demora.

A la mañana.

A la tarde.

A la caída del sol.

La ausencia de tus palabras

lo inundaban todo a nuestro paso.

Y nuestro camino se deshacía

a cada nuevo silencio.

Sonrisas desdibujadas.

Besos que se perdían bajo la quietud de

unas paredes que nada tenían que contar.

Y callabas.

Y tu silencio nos ahogó a los dos.