Despropósitos.

Se me acumulan los despropósitos  a la altura del estómago, y la rabia, la ira y el dolor de no entender la estupidez humana…

Esa que hace que los intereses económicos de unos pocos, consigan que otros agarren armas de fuego y sean capaces de asesinar con su voz apagada, porque de ellos no es esa guerra.

Esa que destruye la confianza en la realidad que me rodea, cuando algunos manipulan todo cuanto escriben, cuanto comparten y cuanto narran sin escrúpulos al ser conscientes de sus mentiras.

Esa que consiente que millones de personas mueran de hambre, cuando la Tierra provee para todos y cada uno de nosotros y algunos se apoderan de todo cuanto logran alcanzar, con la mísera idea de poseer para que otros paguen por lo que, en realidad,nos pertenece a todos.

Esa que dictamina leyes estúpidas para hundir al que no tiene nada y favorece al que lo tiene todo sin haberse esforzado para conseguirlo, esa que sienta en banquillos a los que roban por alimentar a sus hijos y mira hacia otro lado cuando lo robado sólo es para aumentar patrimonios estúpidos…

Esa que permite que nada de lo que duele nos mueva el más mínimo sentimiento de tan acostumbrados que estamos a sentir el dolor de los demás como ajeno…refugiados de guerra, seres hundidos y olvidados en mares  buscando una nueva vida, niños que se quitan la luz por no poder soportar las burlas de sus semejantes,…

Esa que…nos permite ser fríos y distantes del que tenemos al lado…

Esa estupidez humana que sobrevuela en la atmósfera y sabes que está ahí y no sabes como aplacar. Destruir.

 

 

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Precipicio

Él tendió la mano para que ella comenzara un nuevo camino a su lado…

Ella sin saberlo, agarró esa mano lanzándose al vacío.

Y saltó con valentía al precipicio de unos labios que besaban con una intensidad inusual, de un olor que llegaría a convertirse en familiar, de unos abrazos infinitos y que imaginaba que nunca tendrían final…

Y sin entender qué podría haber sucedido, el precipicio se convirtió en infierno, cuando sus labios pronunciaban dolor, cuando su olor se mezclaba con aromas que ella no reconocía como suyos, cuando sus abrazos comenzaron a apretar y, realmente, a ser eternos y asfixiantes hasta dejar su piel marcada y el dolor no desaparecía de su cuerpo…

Y ese vacío que ya no le apetecía volver a saltar, se instauró en la boca de su estómago a diario, haciéndola cada vez más y más pequeña, hasta que no conocía otra cosa que la esquina en la que vivía por miedo a ser ella misma de nuevo.

Y dejarse morir era mejor que renacer.

Y apagar su luz…