Ingravidez

eveline tarunadjaja2
No recuerdo el qué, ni el quién, ni el cómo. Adivino los recuerdos casi a tientas; entre los resquicios de la angustia y el fulgor de unas imágenes que, a menudo difuminadas, no calman la soledad de las noches como antaño las sentía. Encogida el alma e ingrávida de emociones, atesoro lágrimas que arrincono bajo la almohada de mi lecho frío. Mi cuerpo ya no argumenta a hechos o sensaciones; sino que se deja abatir por la premonición de un estado inerte del corazón que, a sabiendas, dejo que engulla lo que soy y siento. Y no torno a ser yo, sino un enjambre de exaltaciones putrefactas que recuerdan lo que alguien puede dejar de ser cuando ya no siente, ni padece, ni siente el placer de recordar qué o quién o cómo pudo llegar hasta ser un hilo invisible en su incorpórea realidad. Y así, como por arte de magia, la ingravidez ya ni me resulta insulsa, ni tu presencia tan necesaria como creía hasta entonces. Y así, como sin anhelar ni un sólo recuerdo de tu existencia, me anulo yo con todo lo que ello conlleva.

Ilustración de Eveline Tarunadjaja

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