MICRORRELATOS VI: Atada

cuerdas

Ya no hay nada que pueda hacer, más que entregarme al placer de lo desconocido.

He caído en la trampa de una sed oscura que a cada instante devora mi voluntad.

Y me siento atraída por este precipicio que me hace caminar por un extraño y débil hilo que apenas sujeta mi dignidad.

La pantalla de mi móvil deja entrever tu número…y descuelgo con cierto miedo, con una ansiedad hasta entonces desconocida para mí, contra espada y pared…debatiéndome entre obedecer las órdenes que preceden a esa llamada o dar por terminado este juego oscuro de seducción que me empuja a ser un mero objeto de deseo, de uso y disfrute de tu maquiavélica mente turbia.

He descolgado y tu voz estaba ahí, firme, empujándome de nuevo al delirio con cada instrucción que me das.

He decidido dejarme arrastrar, nuevamente, por tu juego….y aquí estoy.

Atada. Desnuda. Muerta de frío. La ventana del hotel abierta de par en par, la brisa acaricia mis pechos al descubierto, las cuerdas marcan en mi piel la tensión con la que has apretado los nudos de tu deseo en mi cuerpo enfermo y sediento de nuevas sensaciones, pero a menudo mi deseo no sabe distinguir entre el placer y el dolor que me provocas al verme esclava de tus bajas pasiones. Así, tirada en el suelo, sin defensa posible, objeto de tu campo de visión, presa de tu mirada lasciva en el instante que precede al más salvaje sexo que haya tenido jamás, me pregunto si con tu mujer jugarás a estos juegos en los que me dejo ser a cada encuentro, el papel que ya has dibujado y moldeado para mí.

Y sé que sabes que estoy asustada, que ese miedo incentiva un deseo extraño y oscuro en mi cuerpo y en mi corazón, que mi alma se abre hasta dónde tú me ordenes….como deseando que aspires todo ese aroma que emano desde las entrañas.

Atada, de manos, de pies y de alma.

Atada.

A tus deseos. A la perversión de tus besos y a tu lengua.

Atada a tus demonios que saben extraer ese lado oscuro que subyuga mi voluntad y mis ganas de no volver a descolgar más tu llamada.

Antes de que salgas por esa puerta de la habitación, dejándome inválida de recuerdos y sensaciones que necesite evocar a cada momento en el que no te encuentras a mi lado…sin tener fuerzas para dirigirme a tí, te suplico que me desates y me hagas el amor.

Hoy no me has tocado. Sólo has observado mi cuerpo inerte y desnudo. Has olido mi miedo y te has nutrido de él.

Y dentro de unos días, cuando vuelva a descubrir tu número en la pantalla de mi móvil  (y que estaré deseando que suceda desde el momento en el que salgas de este lugar santo de encuentros, miedo, dolor y placer), te estaré deseando acoger en mi pecho….dentro de esas horas vacías de tu presencia y rebosantes de estelas fugaces con intermitentes imágenes impresas de todo lo que me has hecho sentir durante unos minutos, a mi parecer, eternos.

Ten la certeza de que…con mi miedo, mi deseo, mi fragilidad quebrada por tu juego verbal, tu voz melosa y mi acalorada entrepierna….volveré a descolgar tu llamada esperando nuevas instrucciones.

Ya siga atada o no.

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Apenas…

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Apenas ya hablas.

Los silencios eternos de tus labios inundan ese espacio que siempre temí; el que un día no tuvieras nada qué contarme o decirme.

Somos dos extraños compartiendo cama y espacios comunes que tiempo atrás de risas y palabras estaban rebosantes.

Ya tus besos se tornan vacíos y no me hacen estremecer.

Ya tus caricias ajenas y tus roces inquietantes; inquietud de razones para no volver a dejar que tus manos se posen sobre mí.

Y a nuestro alrededor una abrumadora y espesa atmósfera que tiñe de rutina todo aquello que manejamos con nuestras manos o con nuestra intención de intentar cambiar la soledad triste que nos devora.

Apenas me hablas.

Apenas me haces el amor.

Apenas me sientes a tu lado.

Y estos silencios cada vez son más largos; tan largos como tus ausencias.

Apenas ya hablas….y yo no dejo de esperar tus palabras.

Fotografía de Babycakes Romero.

MICRORRELATO V: Un día cualquiera en Madrid.

-Pili, apunta esta barra de pan en mi cuenta.

-Niña, tú sabes que no hay problema, que te conozco desde chica y que tus padres no han conocido otro pan que el mío, pero ya llevas 110 € a cuenta y no puedo más. También me debe una púa grande, Paqui, la rubia de Nacho, la de los tres niños y Teodoro, que al hombre le han rebajado la pensión a 200€ y ya no sabe qué hacer. Y mira qué sois los de toda la vida, pero yo no puedo mantener esta situación más….

-Pili, ya sabes que en cuánto pueda te lo daré todo… – Y escuchando una voz de fondo que se va desdibujando, como mi sonrisa, cojo la barra de pan y salgo en cuanto puedo del establecimiento…Todos los días la misma monserga.

No puedo pensar en nada más.

Cada día lo mismo y me pregunto en qué se puede pensar cuando ya no te queda nada más qué hacer o intentar.

Me llamo Sonia, tengo 32 años, un niño de 5 que ahora mismo está en el colegio y una vida tan puta que no se la deseo a nadie.

No tengo nada más.

Nada más…que problemas.

El padre de mi hijo desapareció antes de conocerlo. Sólo con saber que estaba embarazada huyó de nuestro lado, sin una llamada, sin una explicación. No volví a saber de él.

Mis padres faltaron hace un año y medio; un maldito cáncer les arrolló a los dos. Primero, a mi madre, que la pobre llevaba luchando durante 8 años yendo semana sí y semana también a envenenarse más con la maldita quimioterapia. ¡¡Qué malita salía de aquellas sesiones!!!…Y más tarde a mi padre, de golpe, sin avisar y sin darme tiempo a reaccionar. Lo cierto es, que desde que mi madre nos dejó, el hombre, no levantó cabeza. Y en 5 meses también nos dejó solos a Mateo y a mí.

Eran los únicos que me ayudaban con Mateo, mi hijo.

Vivo en su casa.

Más bien, malvivo.

Es una vivienda de esas de antigua renta en el centro de Madrid, en la calle de la Ballesta, cerca de la Gran Vía. Mis padres pagaban en los últimos años 150€ de alquiler. Una casa de más de 100 metros cuadrados, techos altísimos que de pequeña de daban alas para volar y que ahora me resultan infinitos y aterradores, cuando el frío del invierno nos sorprende a Mateo y a mí sin calefacción.

Ahora los hijos de los dueños (que debido a su edad no se hacen cargo de recaudar las rentas de las diferentes viviendas en alquiler que tienen), nos quieren echar. Dicen que el contrato se ha restringido al fallecer mis padres, que si quiero quedarme debo pagar un alquiler de 900 €.

Y cómo pago yo eso??…llevo un año resistiendo, recibiendo cartas certificadas del juzgado…¿y dónde voy con mi hijo?, ¿a dormir a la calle?…

No encuentro trabajo; hace 5 años que estoy en paro. Es el pez que se muerde la cola: entrevistas, preguntas sobre mi envidiable curriculum, preguntas sobre mi disponibilidad absoluta para viajar y cuando hablo de Mateo….ni mi curriculum es tan envidiable y sorprendente, ni les importa si puedo organizarme para cumplir con lo que me proponen; simplemente me invitan a salir del despacho, eso sí, muy educadamente.

Mientras Mateo está en la escuela, yo recorro cada rincón de Madrid buscando un trabajo. Una oportunidad para salir adelante. Cuando termino mi jornada de búsqueda de 9 a 11:30 horas, paso una vez a la semana por una Fundación religiosa que me ayuda con un bono de 30€ que puedo intercambiar en algunas tiendas del barrio. Hacen eso con familias que no tienen ingresos para mantener a sus hijos.

Me da miedo que llegue la hora de desayunar, comer o cenar.

Nunca lo hacemos juntos; no tengo comida para los dos. Sólo come Mateo. Yo le digo que ya he comido fuera o que no tengo hambre.

Encarna, la vecina del 2º, cuando hace comida de sobra, suele traerme algo a escondidas del niño. No quiero que sepa en qué situación me encuentro. Gracias a ella, podemos tener agua y luz en la casa; su hijo y ella nos ayudan pagando algunas de las letras.

Vivo gracias a la caridad de los que han conocido a mis padres y me han visto crecer, ir al colegio, a la Universidad, emprender un camino que, no ha llegado a ningún lado.

He pensado tantas veces en desaparecer; en dejar en buenas manos a Mateo y borrar mi existencia, qué hay días que no pienso en otra cosa y deambulo como un zombie por las calles de esta cruda capital que me absorbe y no me deja respirar!!!

Ya no me quedan fuerzas.

Hay días que no quiero despertar.

Hay días que…el abrazo de Mateo me despierta de un letargo.

Hay días que…no sé quién soy, ni cómo voy a hacer para ser alguien. Para que mi hijo se sienta orgullosa de mí.

Cree que trabajo mientras él está en el colegio…y yo he perpetuado esa mentira piadosa, por qué no sé cómo explicarle a un niño de cinco años que su madre sobrevive gracias a la ayuda de los que la rodean.

¿Y el día que se cansen de ayudar?

Y estoy tan cansada, que quisiera cerrar los ojos y no despertar más.

Y estoy tan agotada….

Mañana, miércoles, la misma rutina, la misma esperanza….

Su sonrisa que me da impulso cada nuevo día…¿hasta cuándo?…

Mateo se ha convertido en el único motor de mi existencia.

Él me mantiene con Vida.

Jugando a…

Quieta. Inerte.
Tus manos saciaban mi sed estrellando un helado derretido contra mis labios.
Jugábamos cada día a algo nuevo.
No parabas de crear escenas a cuál más inaudita.
Recuerdo el día que me llevaste a tu casa, apagaste todas las luces y me ordenaste con una voz firme que me desnudara.
No sabía dónde estabas; sólo intuía a través de la cercanía de tu voz dónde te hallabas.
Y tus manos comenzaron a agarrarme las nalgas, mientras tu lengua insaciable se hundía en el surco de mis pechos.
Y así pasaron horas. Y tu lengua no cesaba y mi ansiedad no se saciaba.
Hoy jugamos de nuevo.
Me pregunto qué juego surgirá mañana de tu mente.
Decenas de gotas de helado derretido caen por mis piernas, mi torso, mi pecho, mi cuello….y así tendida en la cama desnuda, no puedo más que imaginar la continuidad que tus manos y tus labios se atreverán a otorgar a mi cuerpo.

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Ilustración de Eveline Tarunadjaja

Ausencias

Me he ausentado. De palabras. De miradas.
Me ausenté y ni me echaste en falta. Ni una llamada…y tu voz en mis sienes clavada, taladrando mi cerebro repetitivamente.
Regresé con los brazos cerrados y las piernas abiertas. Escocida de dolor; de no tenerte, de buscarte en cualquier cuerpo, de entregarme a tu recuerdo y tu saliva purgante.
Aún escuecen las heridas de la pérdida.
Perdí la dignidad desnudándome ante cualquier hombre y cualquier mujer.
Saciando mi sed de ti en líquidos equivocados.
Me he ausentado.
Y todo sigue como cuando emprendí el viaje.