Trabalenguas emocional

La lentitud de mis palabras se funde en un abrazo continúo de intermitentes silencios.

Uno. Dos. Tres.

Y nada qué decir en un fugaz instante.

Miradas sobrecogedoras en la atmósfera muda de los sentimientos, cuando todo se proyecta en un mar de calma y desolación.

Muros de arena indestructibles que absorben la tristeza de las manos que los construyen.

Cuando el todo y la nada se disipan en frágiles límites imperceptibles.

Cuando lo que soñé y deseé se torna inseparable e inalcanzable.

La lentitud de mis pensamientos se funde en un circuito retrospectivo de lo que hoy sigo siendo.

Viviendo.

 

Anuncios

Microrrelato I: Realidades envolventes.

La decisión ya estaba tomada. Cuando la puerta se abrió y Armando cruzó la puerta, mis labios temblaron….

-No puedo seguir más así. No puedo ser una hermana para tí; soy tu esposa….

Alcancé a coger con fuerza el asa de la maleta que había dejado preparada en el recibidor; cerca de la entrada de casa, como para hacerme más fuerte en mi decisión y no dudar ni un instante después de estar semanas a solas rumiando entre lágrimas y emociones contradictorias. Había hablado con amigas, había hablado con mis cuatro hijos ya adultos y todo lo que me rodeaba me alentaba a seguir con mi pequeño plan; ese que destrozaba 20 años de matrimonio y abría nuevas puertas e incertidumbres.

Armando no pronunció ni una palabra. Silencio. 20 años juntos y silencio.

Me dí la vuelta, cerré la puerta tras de mí y todo lo certero que había podido construir, se desmoronó en segundos; pero cerré la puerta que contenía los muros de la indiferencia y del desasosiego, de las mañanas desayunando en un silencio estremecedor cuando parecía que no había ya nada qué contar, ni compartir, cuando las noches en la cama se tornaba sequía de caricias y de besos, cuando ya ni los éxitos, ni la estabilidad económica calmaba nuestra desazón de soledad.

Cerré la puerta. Bajé en el ascensor llorando.

En la calle, el coche de mi hija Verónica me esperaba. Calmó mi dolor con un abrazo intenso, sincero, sin saber qué palabras de consuelo pronunciar.

Aeropuerto de Alicante. Puerta de embarque a Madrid. De allí a México DF. Una nueva vida me estaba esperando; un nuevo trabajo, una nueva ilusión, un nuevo propósito de vivir en calma, sin rencor, sin soledad, sin desazones.

Y un viejo amor esperando fundirse en una abrazo acechando mi cuerpo.