Miedos

Esa oscuridad latente es la que me da miedo; cuando me disipo en una irrisoria vesania, cuando todo se torna confuso.

Y tus ojos repletos de lágrimas contenidas, me observan no sé si con miedo o con indiferencia. A veces, con un orgullo desmedido.

Ahí, justo ahí, es cuando todo me da miedo; cuando recuerdo que yo fui tú, que prometí olvidar cada una de sus palabras para que no retumbaran en mi presente memoria.

Esa oscuridad latente es la que me hace pequeña; cada día más. Es la que, indirectamente, me obliga a realizar una minuciosa introspección exhaustiva de mi infancia, de mí misma, ahora y en cada segundo que acontece. Es la que me obliga a crecer y, en ese intento de crecer, me incita a dar un paso atrás para tomar una carrerilla desmesurada que me sitúe en diferente nivel en el que me acostumbro a quedarme sin aliento, sin recursos, sin apenas palabras qué decir.

Y es esa maldita oscuridad la que me convierte en un monstruo o en un hada atormentada; en una herida o en una mano que todo lo sana; en una tormenta o en una tarde de bella calma…

Y tú, todo lo observas con otra mirada…, pero esa oscuridad abnegada, es la que siempre nos separa; la que nos daña o nos ata aún más a ese enjambre de emociones que vienen y van; las que nos destruye y nos hace renacer; la que nos desdibuja y nos subyuga.

Y cuando renace la luz, el miedo recoge sus alas, se escapa,…cabalga. 

Ahí, justo ahí, es cuando todo me da miedo; y cuento los minutos, las horas, los días para que la oscuridad no regrese a su eventual morada.

 

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Infancias

Atentas las miradas, ojos pequeños, abiertos,

expectantes, diluyen expectativas que entornan

sonrisas en enigmas, risas en aprendizajes,

historias en momentos reales.

Navegas la imaginación por lugares

antes no soñados. Y ellos, descubren

personajes.

Inventan situaciones.

Escuchan sin saber cómo hacerlo.

Disfrutan de una voz ajena que

juega con ellos a reinventar lo que

ya fue.

Nuevos cuentos.

Voces que susurran emociones

de otros.

Sensaciones que alimentar

para enseñar a crear.

El Hombre del Rechazo

Un texto que no había publicado y que ya tiene la friolera de 9 años o más…pero aún recuerda las proyecciones de lo que somos o de lo que intentamos no ser a los ojos de los demás.

 

Hace unos meses (bastantes, creo), conocí a un hombre. Creo. Digo que “creo” que era un hombre. Un hombre atípico. Peculiar. Divertido. Atractivo.
Pudiera ser que la suma de los adjetivos aquí plasmados hicieran creer a más de alguna que ese hombre pudiera resultar interesante, pero queridas amigas, desengañaros.
Nada parece lo que es. Nada es lo que, el susodicho, quisiera parecer. Coincidimos compartiendo una misma afición. Una de esas tantas.
Silencios. Miradas. Silencios. Miradas…(me recuerda a cierto chiste…)…
Y una noche, lo inevitable, atracción y visita a una de nuestras casas. Mentiras. Más mentiras. No son nuestras casas, sino la de los caseros, a los que cada mes sobornamos por una razonable cantidad para que nos permitan disfrutar de sus propiedades.
Sexo….
¿Dije “sexo”?…
O algo parecido, porque borré de mi memoria lo que aquellas noches sucedieron…
¿Dije “noches”?..
Sí, disculpen…fueron, exactamente, dos “desencuentros” de eso a lo que he querido denominar “sexo”, porque no sabría cómo llamarlo.
Si, nos desnudamos, algún toque fuera de lo habitual, negativo en besos y alguna penetración, jadeos y lo normal en este caso…
Dije ¿alguna penetración?…
Una, quise decir…No recuerdo haber repetido esa sensación en el resto de lo acontecido… Creo.
Dos encuentros. O más seriamente, dos…dos…dos…malas juergas corridas. Serias diferencias entre lo que para aquellas personas era disfrutar de una noche loca de pasión.
¿Pasión?…solo pude percibirlo en mi piel, encendida por haber conseguido tenerlo para mi. La cruel desventaja, sin duda, la de que él…ni siquiera sabía por qué estaba ahí, en ese momento, con esa mujer… Interpreto que se dejaría llevar…De mala manera.
Silencios. Miradas. Silencios. Miradas…A posteriori.
Algún malentendido que no recuerdo provocó esa cadena de reacciones que, me recuerda a algún chiste…
¿Algún malentendido?
Todos.
Tira y afloja. Interferencias en las comunicaciones entre hombre y mujer. Creo.
Pasados varios meses… Reaparición.
Se cuela, sin pedir permiso, de nuevo, en mi vida. Y sin saber por qué, le concedo la tarjeta de residente. Eventual, por supuesto. Al hombre del rechazo hay que tantearlo primero. Nunca se sabe por dónde saldrá su sol, ni tan siquiera sabe él, por dónde se esconderá…
Ganas de concederle el permiso permanente, no faltan.
¿No faltan?
Pues no, e incluso, sobran…Y más de una, convencida de que no me entiende…
Tiendo a dejarme atraer por esos hombres que parecen no ser lo que son. Ni los que son lo que son. Por decir, diría que cualquier hombre que ni siquiera sabe lo que es él.
Nuevo “desencuentro”. Con mejorías notables. Hay alguna caricia más, sabe lo que significa pegar sus labios a los de otra persona, sabe dónde está lo esencial, pero el contenido sigue sin modificarse…
Después, vuelven los malentendidos.
En otros tiempos, hubiera pensado que fueron dos los que alimentaron razones sin sentido, los que recrearon la desconfianza y el malestar.
Hoy???
Él.
No hay más ná.
Yo no hice, ni deshice. No mentí, ni engañé. No corrí, ni huí.
Todo el hombre del rechazo.
Y no deja de repetir la palabra para asustar. Intimidar.
“No lo hagas, si no quieres comprobar lo que es el rechazo”, “no me provoques con palabras, si no quieres que te rechacen”, “no quiero darte a probar lo que es el rechazo”,…
Mentiras para si mismo. Rechaza antes de dar.
Rechaza lo que eres y lo que no. Lo que estás dispuesta a dar y lo que, torpemente guardas para ti misma.
Rechaza todo.
Principalmente, su reflejo. La esencia misma de lo que se ha querido convertir.
El hombre del rechazo.
Qué decir, sino que el miedo y la frustración de no enfrentarse a sus propios sentimientos, hace que lo que pudiera ser un hombre especial, le conviertan en ese hombre del que te apetece escapar, huir, abandonar…Y, por supuesto, no volver a ver jamás.
El hombre del rechazo.
Aquel que no deja que le ames. Aquel que no podrá amarse jamás.