Diluirse

 
   A menudo, me asemejo, a un estanque
de esos que nunca se expanden, por mucho
 que uno quisiera hacerlo.
 
   No tan a menudo, imagino como mis aguas,
a veces turbias y, otras, cristalinas, invaden todo
cuanto a su paso encuentran.
 
   Es en ese momento, cuando me siento crecer.
 
   Crezco mientras nacen afluentes de mi cuerpo,
mientras mi agua estancada se expande. Ahí es
cuando ya todo comienza. Cuando nada pudiera
parecer lo que es. Cuando todo da igual.
   Cuando soy otra. O yo misma, en otro estado.
   Creciendo.
 
   Y ese crecimiento no siempre positivo,
otorga una nueva vida a mi consciencia.
 
   Y despierto, mientras sigo creciendo.
 
   Y cuando despierto del todo, entonces es
cuando abro mis ojos y todo sigue como antaño.
  Como estaba antes de ese sueño. Como cuando
era un estanque de aguas tranquilas y quietas.
De aguas mansas y estables.
 
   Y en ese despertar, diluyo mi pensamiento
hacia lo que quisiera ser: afluentes todos en
movimiento constante.
  
   Y es cuando percibo que siendo estanque o
afluente, nunca pierdo mi esencia.
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Un día que nunca debió de existir

 
   Un día que nunca debió de exisitir.
   Ese fue el día de ayer.
 
   Una fecha que no debimos de recordar,
ni etiquetar, ni tan siquiera nombrar…
   Ese fue el día de ayer.
 
   Un veinticindo de Noviembre que
alguien quiso nombrar: el Día Internacional
de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.
 
   Una violencia que no tiene nombre, ni espacio
en mi razón, ni en la parte más sentida de mi
corazón.
 
  Nací mujer y volvería a nacer mujer cuantas
veces fuera necesario.
   Para aprender.
   Para amar.
   Para seguir creciendo.
 
   Nací mujer, con el derecho de ser amada
y respetada por hombres y por mis iguales.
   Por cualquier ser.
 
   Mi cuerpo está concebido para que contra él
se estrellen las caricias suaves de las manos
de un hombre. Tal vez, de una mujer. Puede que,
cualquier mano que desee tocarme con la delicadeza
que se merece mi cuerpo y mi condición, no para que
en él estrellen la ira y la rabia. Ni la frustración.
 
   Mi rostro se concibió para ser besado; en labios,
en párpados, en mis mejillas, en mi frente…como acto
maternal de difícil descripción, no para ser golpeado,
ni desfigurado por la irracionalidad de otros seres.
 
   Y hoy, trayendo a la memoria un día que nunca debió de 
existir, intento traer al recuerdo de todos aquellos
que ahora diluyan su mirada en estas líneas, que la mujer
está AQUÍ y AHORA, presente en este momento de
nuestra existencia, para enseñar y para aprender.
 
   Jamás hubiera llegado a creer que el destino de
algunas mujeres fuera expirar en brazos del que un día,
llegó a ser su compañero, su amante, el padre de sus hijos,…
   Su mayor ilusión.
 
   Ayer, fue un día que nunca debió de existir.