Puentes y lazos

  
   Extendí la mano para no caer, pero el precipicio ya me devoraba.
 
   No encontré suficiente fuerza en tus manos, ni en tus brazos. Y me dejaste caer.
 
   Lo hiciste tan bien, que mientras caía, no eché la culpa a tu débil esfuerzo, sino a mi cansancio y hastío.
 
   Y creí que me dejé caer. Así, sin más. Yo sola. Sin más culpables.
 
   Al chocar mi cuerpo contra el suelo y sentir el frío adentrándose en mis huesos, abrí con mucho esfuerzo los ojos
 
   para poder vislumbrar tu figura allí donde todo empezó. Dónde también acabaría.
 
   No te ví y, fue entonces cuando pensé, que no te habías esforzado demasiado en recuperarme.
 
   Que era más fácil olvidarme, lánzándome al vacío. Al de tu memoria.
 
   Al de mi recuerdo.
 
   Y así fue como comprendí que no fueron mis manos torpes las que no supieron sostenerme, sino tus brazos
 
   que no quisieron asirme en ningún momento de mi desvanecimiento.
 
  
 
  Dedicado a aquellos que siguen creando lazos y puentes donde nunca existieron.
  
       
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