Silencios

Hay palabras que quedan encerradas
en la prisión del silencio,
esperando su tiempo de libertad.
 
Palabras que queman. Y hieren.
 
Impotentes de no alcanzar su
ansiado habitáculo de sonido.
 
Y así, el no sonido lo invade todo,
haciendo huidizas aquellas palabras que
antaño poseían su propio ritmo.
 
Todo queda inerte.
Vértigo. Miedo.
Amanecen mañanas sin sol.
Sin luz
 
Sin el sonido de mis palabras
haciendo eco en las consciencias
de aquellos que no entienden su labor,
mis manos quedan vacías, apretando
la nada contra mis nudillos.
 
El miedo y el vértigo de enfrentarme
a todos, vence a mi razón y mi valor.
 
Mis palabras quedan mudas.
 
Mi ilusión grisácea empequeñece.
 
Mi silencio agota mi latido.
 
La desazón cubre aquello que más se ama.
 
El conflicto de consciencias, a punto de
convertirse en un Big Bang.
 
Mi silencio y mis palabras estallarán
contra el muro incontenible que otros
crearon en torno a sí mismos. Cediendo
a la fuerza de la verdad. A la razón de
lo correcto y lo justo.
 
A aquello que debería de ser.
 
A aquel silencio que desea dejar de serlo.
 
Y mis palabras tornarán a alzar su voz.
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Pérdidas

   Denia 23/05/2007      
   Estoy en una cafetería. Son las 15:35 horas.
   Me resulta extraño sentarme sola, mientras observo los grupos de pares o de más de dos que empiezan a llegar a este lugar.
   Y me ha venido a la cabeza un pensamiento singular: aquellas personas que han llegado a mi mundo, a pertenecer por unos días a mi entorno más cercano, y que tal como llegaron, por alguna razón que desconozco, también desaparecieron.
   Me he planteado el preguntarme qué es lo que me aportaron o qué es aquello que no debían aportarme y el motivo de que se hayan volatizado tan rápidamente de mi entorno.
   Este pensamiento ha llegado fortuito, haciendo cuenta de aquellas  personas que sí se quedaron en un momento concreto, que se siguen quedando en este presente y aquellas que, sin duda, aún están por llegar.
   Y hoy, en vez de conceder importancia a las que pararon su camino cerca del mío, he caído en la cuenta de aquellas que he dejado pasar, de las que no han querido quedarse como acto voluntario (aunque yo, por alguna razón que se me escapa, sí que necesitara de su presencia o de su existencia en mi mundo) y también, aquellas que han insistido en quedarse y no he consentido que así sucediera.
   Y no hablo sólo del género masculino y las relaciones que ellas pudieran conllevar, sino amistades, familiares, ….
   Sé el motivo de aquellas que yo rechacé, pero me produce cierta incertidumbre atinar las otras razones…
   ¿Qué me hubieran podido aportar?, ¿qué otras vivencias me hubieran otorgado?, ¿he rehuído de aquello que no era para mí de forma consciente o inconscientemente?…
   Volviendo a centrar  mi atención en el lugar que estoy, en lo que me ocupa, en lo que vengo a realizar aquí, descubro que no siento remordimientos por ninguna de esas pérdidas, intencionadas o no.
   Y descubro, serena, que lo que a ciencia cierta deseo y me nutre, me ayuda a perfeccionar, a  vivir, a aprehender y también a aprender, de una forma o de otra, se halla a mi alrededor.
   Sin embargo, qué extraña sensación provoca la pérdida.
   Una pérdida, en general.